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Stan Brakhage: el pintor de la luz del fin del mundo

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Stan Brakhage: el pintor de  la luz del fin del mundo

Por Florencia Incarbone

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El valor poético delcine experimental se sostiene en las percepciones que genera y sostiene con los procedimientos expresivos, y no con aquello que puede representar. Este intento radical de experimentación no permite posicionamientos estáticos para quienes eligen atravesar este camino y los confina a los márgenes y a constantes metamorfosis. La apuesta por un modo de percibir singular y la provocación de estimular los nervios ópticos de quien mira, se pueden considerar como un modo de enfrentarse al desafío de una experiencia de otro orden, ligada al despertar de aquello que permanece dormido en la conciencia y la materia. Los films de Brakhage existen en la materialidad más extrema, una materialidad que como pigmento, gesto, pincelada, ralladura establecen el vértigo de un nuevo régimen perceptivo y lumínico. Una luz del fin del mundo se dispone abrumadoramente en nuestro pensamiento.

Stan Brakhage (1933-2003) se dedicó incansablemente a realizar películas durante cincuenta años de su vida. En el vértigo de la expresión logró dejar como legado cerca de cuatrocientos films y la certeza de que no se debe relegar la expresión ni siquiera cuando la muerte se acerca. Las duraciones de sus trabajos oscilan entre algunos segundos de pura potencialidad expansiva hasta más de cuatro horas en los que despliega un viaje sensorial envolvente. En el desarrollo de esa tarea impensable, titánica, de extender un mundo en pequeños recuadros de apenas milímetros, la materia despertó como nunca antes e hizo su aparición de un modo radical.

En un fragmento célebre de Metaphors on Vision (1963) Brakhage plantea de un modo provocador su poética: “Imagina un ojo que no obedezca a las leyes de la perspectiva creadas por el hombre, un ojo desprejuiciado frente a la lógica de la composición, un ojo que no responda a ningún nombre pero que conozca a cada objeto encontrado en la vida a través de una aventura de la percepción. ¿Cuántos colores hay en un campo de pasto para un niño que no es consciente del “verde”? ¿Cuántos arco iris puede crear la luz para un ojo no educado? ¿Cuán consciente puede ser el ojo de las variaciones en las olas de calor? Imagina un mundo vivo con objetos incomprensibles y destellantes con una variedad infinita de movimientos e innumerables graduaciones de color. Imagina un mundo antes de ‘en el principio era el Verbo”.

Un universo complejo requiere que nos dispongamos frente a él con la sensibilidad suficiente para no perdernos las múltiples sutilezas que se disponen en él. Así, nuestro ojo educado en el hábito debe reformular su modo de percibir y aplicar categorías que se desplacen de la norma para comprender y sentir más allá de lo elemental de las formas. Brakhage “imagina un mundo antes de en el principio era el Verbo”. Esto supone discutir en el dominio de la expresión con el logos (la razón es lengua), es decir, con el hueso medular del problema del lenguaje. Lejos de intentar construir un lenguaje cinematográfico ordenado y racional, Brakhage plantea una ampliación de las condiciones perceptivas del ojo –educado por condicionamientos estructurales– y la conciencia para lograr ver más allá.

Desterrar lo aprendido y adentrarse en la espesura de la materia nos obliga a atravesar un desafío al encontrarnos frente a un régimen que provoca e interpela la retina, que nos reta a duelo y nos pone a prueba. Nos reta a duelo porque existe una lucha entre el ojo que tenemos antes de atravesar una experiencia perceptiva anómala y el ojo que deviene otro luego de ésta. El primero desea aferrarse a la lógica de la utilidad, la racionalidad y el código reconocible; el segundo se permite discurrir en la materialidad y encontrar cualidades expresivas, sensibles que introducen un régimen anterior a la palabra, anterior a toda racionalización, que se vale de la intuición. Así, mientras que la experiencia científica es en efecto la construcción de una camino cierto hacia el conocimiento, de un método, la poética de Brakhage obra como un reconocimiento de la ausencia de camino como única experiencia posible para el hombre. La aventura, entendida como un tiempo extraordinario, aparece como el último refugio de la experiencia. La aventura presupone que exista un camino hacia la experiencia y que ese camino se dirija hacia lo extraordinario y lo exótico, aquello contrapuesto a lo familiar. Brakhage logra radicalizar los límites de la materialidad de un soporte; la imagen ya no remite a una referencialidad clara y unívoca, sino que se perfila en la potencialidad de lo sensible. Las cualidades de los objetos y del pensamiento explotan en cascadas multicolores de luz, donde la percepción habitual es dejada de lado para permitirnos entrar en un terreno puramente sensible.

Brakhage nos pone a prueba, y nos obliga a  encontrar palabras secretas para adentrarnos en este universo singular, palabras que nos permitan expresar aquello que ocurre cuando se logra hendir el ojo y, de este modo, abrir la percepción a cualidades que destierran cualquier decodificación normalizadora. Estas palabras llave nos habilitarán la expresión de una sensibilidad renovada y dispuesta a enfrentar percepciones nunca vistas, esas que se producen en los intervalos anómalos. Ellas son: turbulencia e intensidad.

La turbulencia nos sumerge en un remolino de colores y formas en constante transformación que nos obligan a reconsiderar lo que hasta el momento pudimos concebir en nuestra percepción de hábito. Aquí, fondo y figura dejan de distinguirse y el ojo debe forzosamente reaprender a colocarse en una zona inestable donde la transformación constante es la lógica que regula el devenir de las imágenes. La turbulencia es la condición preexistente de la inestabilidad que habilita el recorrido de una cromaticidad cambiante. Brakhage nos dispone en un medio turbulento para crear un mito visual. Destierra al mito del origen verbal y este desplazamiento se hace presente como una fuerza destructiva que desintegra las coordenadas del espacio. Eye myth es como un cuchillo que desgarra la retina. Una vez que esa herida queda abierta sólo es posible entregarse a lo que de ella pueda fluir. El hombre queda envuelto en imágenes irreductibles por el uso de la razón, las imágenes son la nueva significación del caos. Un caos que nos invita a atravesarlo como la destrucción que aniquila al cuerpo para poder comprender que un cuerpo inmaterial, evanescente, sin anclajes también en posible.

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Eye Myth (1967)

La intensidad nos hace bailar: un sumergirse y emerger constante a partir del ritmo visual. Un ritmo que es constituido y atravesado por las intensidades cromáticas de paisajes no humanos, paisajes que provienen de la materia revelándose frente a nosotros como un universo posible más allá de los límites pensados de la percepción. La luz y el color se disputan una gran batalla en la que cada uno despliega sus potencias. La luz como vehículo expresivo nos permite  acceder a espacios inimaginables y a la creación de zonas impensadas. La luz resplandece en intervalos reveladores mientras que el color pasa de ser un pigmento a convertirse  en el vehículo de una intensidad. El ritmo de la cromaticidad imprime en la retina un movimiento anómalo que se inscribe en una línea expresiva de sensorialidad extrema, donde la hapticidad de la imagen nos lleva a considerar su superficie como un paisaje a ser explorado por el ojo no solo en un sentido visual sino también táctil. En Black Ice el color y la luz adquieren profundidad, se constituyen como un medio envolvente en el que nos sumergimos como pasajeros asombrados por las fuerzas brutas de la naturaleza. Como si un golpe en la cabeza hubiera modificados nuestras capacidades perceptivas, el mundo se convierte en un movimiento constante coloreado. El hombre, más allá de su carne, se ve atravesado por el ritmo, y la proyección intelectual de su espíritu se convierte en música visual.

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Black Ice (1994)

La poética en Brakhage funciona por indistinción e inestabilidad, turbulencia e intensidad. Plantea una búsqueda sensible que se aleja y resulta extraña al lenguaje, fundada en la visualidad. Exige un esfuerzo por desarrollar la potencia óptica y colocar a la percepción como pilar originario. El organismo debe realizar un reajuste, demoler sus capacidades aprendidas, olvidar sus referencias y convertirse en uno con el medio.

Partiendo de Charles Olson, Brakhage toma uno de sus enunciados más potentes en “Projective verse” (1950): “Una percepción tiene que inmediata y directamente llevar a una percepción aun más lejana”. Aquí se presenta la problemática del ritmo y la velocidad. Se trata de reconquistar violentamente a la materia-luz, y adentrarse en la catarata visual que desborda toda posibilidad de clasificación y nos colocan frente a un trance. Nos vemos forzados a enfrentarnos a un ojo de un ritmo estroboscópico que no nos permite otra cosa que seguir adelante y adentrarnos aun más en la espesura. Como dice el poeta Ezra Pound en Gaudier-Brzeska: “La imagen no es una idea. Es un nodo o grupo radiante, es lo que puedo llamar un “vortex”, desde y a través del cual las ideas son constantemente expulsadas”. Se trata, entonces, de acceder a ese vortex y permitir que se liberen las percepciones que surjan de él confiando en que al demoler las barreras racionales de la lógica nos enfrentaremos a una salida ensordecedora, pero que como todo fuerza destructora posee una contracara creativa y generadora de nuevos márgenes de libertad.

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The Dante Quartet (1987)

2 pensamientos en “Stan Brakhage: el pintor de la luz del fin del mundo

  1. Fascinado con el gran trabajo audiovisual de este artesano cinematográfico, la manera de llevar la imagen y de darle el movimiento y con el toque la la luz te transporta a ese mundo abstarcto lleno de SIMBOLISMOS que te recuerdan mucho el cine expresionista y surrealista, sin duda Stan Brakhage es el mejor director experimental contemporáneo.

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