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The Great Flood. En el otro Sur.

The Great Flood

En el otro Sur

Por Fernando Pujato

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All last night sat on the levee and moaned,
Thinkin’ about me baby and my happy home
Going, going to Chicago… Going to Chicago… Sorry but I can’t take you…
Going down… going down now… going down….

When the Levee Breaks, Kansas Joe McCoy y Memphis Minnie (1929)

La mayor y más devastadora inundación en la historia de los Estados Unidos de Norteamérica ocurrió en el año 1927. El río Mississipi sobrepasó en más de ciento cuarenta y cinco lugares sus diques, setenta mil kilómetros cuadrados de tierras fueron anegadas, setecientos mil o un millón o no se sabe exactamente cuántas personas fueron desplazadas, hubo pérdidas por más de cuatrocientos millones de dólares, algo así como exactamente doscientos cuarenta y seis muertos, y algunas otras cifras y estadísticas consultables para cualquiera interesado en esta cuestión un tanto fantasmagórica  llamada pérdidas materiales. No consultables precisamente en Las palmeras salvajes (1939) el libro de William Faulkner en el cual uno de los dos relatos, El Viejo, como se lo llama al río Mississipi, se ocupa magistralmente de traducir estos números poco imaginables en la epopeya de dos reclusos condenados a cadena perpetua por motivos absolutamente desconocidos los cuales son destinados a salvar a una mujer embarazada trepada a un árbol. Pero sólo uno de ellos, el llamado “alto”, deberá llevar a cabo esta tarea casi imposible en el centro mismo de la inundación y no importan tanto los motivos, en realidad no importan en absoluto, por los cuales arriesga su vida para perpetuar una (otra) vida desconocida; algo así como Tres padrinos de John Ford pero en otro escrito.

El cine, por motivos tan desconocidos como la cadena perpetua de los reclusos de Faulkner, tardó un poco más en poner en escena aquella ominosa masa de agua que, por supuesto, no respetó clases sociales aunque, por supuesto también, el setenta y cinco por ciento de la población eran afroamericanos; una tragedia interclasista, por llamarla de algún modo más o menos decente. Pero alguien se hizo cargo de este olvido cinematográfico y no fue precisamente Hollywood a la manera lacrimosa de El color púrpura (1985), de Steven Spileberg, o con el formato cruel y manipulador de Doce años de esclavitud (2013), de Steve McQueen, y ni siquiera con la rabia pero sin la distancia justa de Cuando el dique se quebró (2006), de Spike Lee, por nombrar sólo tres films no tanto debido al azar sino más bien por las adhesiones suscitadas o no en torno a ellos ocupados como estuvieron con respecto a esta cuestión interracial y sus miserias y sus tragedias aún no resueltas; al menos fuera de la ficción y a pesar de las dos mandatos de primer presidente negro o de color o afroamericano o como se lo quiera llamar en la historia de los United States. No, no fueron ni las mega estrellas de siempre ni las mimadas de ahora ni los más o menos excéntricos al sistema los primeros en construir algo imaginativo con imágenes de archivo de aquellos primeros años del siglo pasado sino un cineasta nacido en Chicago que exhibe sus films en teatros, galerías, muestras, y algún festival de cine gracias a la agudeza de sus programadores, dedicado hace casi veinte años al cine experimental o, para salirse de la comodidad expositiva de las etiquetas, con una obra tal vez tan inclasificable como la de Béla Tarr o la de Pedro Costa o incluso como la de George Melìes (¿qué tipo de películas hace esta gente?) lo cual quiere decir correrse del presente inmediato y pensar en la historia del cine, pensar en aquella famosa sentencia “soy John Ford y hago westerns” como la excusa para imprimir la leyenda, claro está. El cineasta en cuestión es Bill Morrison y su exorcismo cinematográfico contra el olvido se llama The Great Flood (2014), una monumental catedral fílmica erigida con retazos de película en 35 mm y música de Bill Frisell,  particionada en segmentos absolutamente reconocibles, de acuerdo con los intertítulos, cuya duración oscila entre los cinco y los doce minutos: Aparceros, Diques, Inundación del río Mississipi, Evacuación, Políticos, Consecuencias, Migración, Divisoria de aguas.

El film inicia con una suerte de travelling recorriendo un mapa del Mississipi reconstruido con un ordenador sobreimponiendo información mínima acerca de la inundación, y su formidable arquitectura -el montaje para los puristas- posee una clara vocación explicativa dirigida, en forma más bien subterránea, a corroborar la hipótesis según la cual la migración forzada de los afroamericanos, portando con ellos el delta blues, dio como resultado final el nacimiento del rock’n’roll; y acaso esto último sea una certeza. Lo otro también, aquello a la cual casi siempre se le atribuye todo lo bueno o todo lo malo que pueda resultar un film, el bendito montaje, es la clave en The Great Flood, el medio a través del cual podemos acceder, por unos preciosos instantes, a la condición material de unas vidas ajenas a la nuestra. A su fragilidad y a su fortaleza. Podemos entrar en esa zona mágica de un tiempo ya ido, pero siempre presente, y sentir el esfuerzo de dos siluetas conduciendo de a pie sus arados tirados con mulas en el ocaso del atardecer y el roce de los algodonales en las ropas y en las manos de los campesinos. Preguntarnos cuántas horas lleva parada esa mujer en la puerta del depósito número 12 mientras sus ¿hermanos, primos, tal vez su novio? arrastran dentro los carros repletos de fardos de algodón, una y otra vez, y qué grita o a quién llama esa otra mujer sobre el techo de una casa mientras un hombre desnudo, descendiendo del techo de otra casa, intenta llegar a una canoa. Comprender la reticencia en posar para la foto, junto a los políticos de turno, esa diminuta anciana de cincuenta o sesenta años con su pipa en la boca, y por qué se sonríen cuando no hay nada de que sonreír, posando para la cámara, los políticos de turno, con sus elegantes trajes a la vera del fangoso río, señalando algo indefinido allá, a la distancia. Y esa mujer (blanca) recogiendo unas flores de aquello que fuera su preciado jardín mientras abandona su casa. Y ese hombre blanco con su levita y su cigarro en la boca paseándose por entre la pulcra multitud (blanca) del andén del ferrocarril. Y los reclusos de cualquier raza, con sus viejos trajes a rayas, intentando arrimar una barcaza a la orilla del río. Y, finalmente, los vagones sin techo de un tren infinito repletos de familias negras -ya basta de corrección política. Y suficiente con esto.

Panorámicas aéreas y panorámicas, planos medios o un tanto alejados, profundidad de campo, picados y contrapicados. El acaecer público de un drama colectivo sin primeros planos de niños sucios y harapientos, de hombres sucios y delgados, de mujeres sucias y delgadas también, sin llantos y gritos desgarradores, sin música folk, sin toda la miseria del mundo bellamente empaquetada para el consumo for export y arrojada punitivamente a nuestros rostros como nos tienen acostumbrados tantos documentales, o con pretensiones de serlo, sobre todo de este otro sur. Pero cuando se entra en aquél otro sur de nada nos sirve enarbolar la bandera de esa noción ya caduca llamada progreso ni tampoco parapetarnos tras la conmiseración ni mucho menos servirnos de los buenos modales, de todo aquello que nosotros poseemos y ellos no. No es cómodo ni placentero habitar el film de Morrison, pero es conmovedor.

La última imagen en The Great Flood es un plano fijo de dos o tres parejas bailando en la calles de Chicago, podría ser, o de cualquier otra ciudad, también podría ser. En el centro del plano una joven mujer, quizá pasajera en aquél tren repleto de sombras rumbo al norte, danza sola al ritmo de un blues; imaginamos. No es una danza frenética o tribal o exportable. Sólo danza concentrada en su danza; imaginamos. El Mississipi continúa su curso, la vida también. Porfiadamente.

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