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Contraplano (1)

Contraplano (1)

Por Fernando Luis Pujato

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Un mes de julio

Estimada Geraldine

Resulta difícil no sentirme halagado por su maravillosa carta o correo electrónico como usted no sin ciertas reservas lo llama -nombre espantoso si los hay- pero es aún más difícil contestarle en términos por fuera de la primera persona como si pudiera situarme ajenamente ante ese conjunto de escritos reunidos no tan azarosamente bajo el común denominador de algo en apariencia tan sencillo pero complicado al momento de describirlo sin etiquetarlo; usted ya lo hizo en un lenguaje bello y profundo a la vez y sería una torpeza de mi parte redundar en esto. Entonces sólo pienso que si esa casi mágica capacidad del cine para situarnos imaginativamente en mundos ajenos al nuestro puede traducirse trémulamente en palabras escritas y leídas y sentidas y contestadas y vueltas a escribir, es más que suficiente para sentir un fugaz instante de felicidad o como quiera que se les llame a esos fugaces instantes de dicha suspendidos en un tiempo sin continuidad.

Contraplano1

De la noche a la mañana. Jean-Marie Straub & Danièlle Huillet. Alemania/Francia. 59min. 1997.

Pasando a temas un tanto más terrenales como usted bien sabrá esto de viajar a través del cine genera un poco de confusión, por decir lo menos, y un tanto de perplejidad, por decir algo más, sobre todo si se pasa por varios siglos diferentes viendo distintos films un tanto ajenos a la idea, predominante me han dicho en este momento de ese siglo XXI del cual estoy muy lejos aún, de un cine digital y computarizado, aunque todos en los cuales he estado tenían una característica más o menos común: su aparente cercanía con el teatro. Por ejemplo, el inicio de De la noche a la mañana, de un matrimonio de unos tales Danièle Huillet y Jean-Marie Straub,  es ciertamente inequívoco: un travelling que va desde una orquesta afinando sus instrumentos, quizá preparándose para una velada, a las butacas vacías de una sala para volver sobre la orquesta; estamos en un teatro. En su segundo plano un enigmático grafitti que reza “¿dónde yace vuestra sonrisa escondida?”, la premonición fílmica de lo que un tal Pedro Costa casi una década después, mostrará al mundo, o al menos a aquellos que tuvimos la oportunidad de ver ese film absolutamente adorable sobre los Straub: trabajar, trabajar, trabajar. En su tercer plano una pareja entra a una suerte de living de los ’60 ataviados de gala, parece el inicio de un policial negro o de una comedia de enredos. Pero no, es una ópera y de aquí en más parecía ser una ópera, aunque despojando al escenario teatral de los consabidos tres muros, desarmando este espacio donde siempre vemos todo lo que ocurre, y recurriendo al encuadre selectivo de lo que se desarrolla sobre aquél escenario, los Straub (re)convierten la puesta en escena teatral de una obra de 1923 de un tal Arnold Schoenberg en una puesta en escena cinematográfica de esa misma ópera. Tal vez sería un tanto ocioso, querida Geraldine, y una tarea casi imposible si se analiza el film plano por plano con una sola vista de éste, continuar con los ejemplos. Lo importante aquí es la utilización de los recursos específicos del cine no ya para adaptar una obra, no ya para filmarla tal como transcurre arriba del escenario, sino para transformarla en una película entendiendo que “no se trata de hacer llegar a la pantalla el elemento dramático -intercambiable de un arte al otro- de una obra teatral, sino inversamente, de conservar la teatralidad del drama” como decía un tal André Bazin, a quien seguramente ya conoce. No es magia o alquimia o genio lo que he visto en el blanco y negro de De la noche a la mañana, es tan sólo conocimiento, trabajo e imaginación, y seguramente algo mucho más profundo y menos visible que todo esto, ¿podría llamarse amor al cine? Cuando Jean-Marie Straub deambula por la pequeña habitación importunando con citas cinéfilas y entonando la música de Cuentos de la luna pálida, de un tal Kenji Mizoguchi,  a Danièle Hulliet sentada en la mesa de edición, en aquél soberbio film que le he mencionado ya, ¿Dónde yace tu sonrisa escondida?, del portugués Pedro Costa por si lo no había aclarado, la pregunta del niño a sus padres en el plano final del film de los Straub: ¿qué es ser moderno? no necesita respuesta; la otra, la del amor al cine, tampoco.

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Gebo y la sombra. Manoel de Oliveira. Francia. Formato 35mm/DCP. 95min. 2012.

Del siglo XX al anterior, el túnel del tiempo para atrás del cine me deposita en el XIX, estoy casi seguro por las calles empedradas, las luces que se encienden a querosene, aceite, o algo así, las velas y el mobiliario, las ropas y los gestos y las palabras. Y también porque alguien sentado a mi lado en la platea, al verme un tanto desconcertado y tal vez fuera de lugar con mi remera negra y un par de jeans, me susurra que es la adaptación de un pieza teatral de un tal Raul Brandâo, llamada Gebo y la sombra, escritor y militar portugués, realizada por un cineasta llamado Manoel de Oliveira, portugués también él, que ya cuenta, según mi camarada de platea, con 104 años y también me dijo, un tanto maliciosamente guiñando el ojo derecho, que un tal Samuel Beckett se inspiró en esta pieza teatral para escribir Esperando a Godot -aunque no puedo corroborar ninguna de las dos cosas la avanzada edad del cineasta en cuestión es más plausible de comprobar si uno quisiera hacerlo; no es mi caso. Pero sí lo es contarle el increíble trabajo sobre los claroscuros en una pequeña habitación, los planos fijos que recuerdan un tanto a las pinturas de un tal Georges de La Tour aunque aquí la pintura se mueve, la escucha a veces fuera de campo de la nuera -que resulta ser la hija adoptiva- de los diálogos de un viejo matrimonio acerca del deber y las obligaciones contraídas que se deben cumplir a rajatabla según el esposo, la pobreza y el negado futuro que vuelven insoportable esta vida poco soportable ya según la esposa, y ese hijo desaparecido hace tiempo atrás perdido en la delincuencia y que aparece no sólo en el primer plano del film desembarcando en un muelle y adentrándose en una calle oscura mientras las enormes sombras de unas manos anuncian algo irreversible sino también irrumpiendo en la diminuta habitación con su presencia y su discurso feroz  acerca de la banalidad de las vidas de su honesto padre contable de una gran empresa y del imposible deseo de su madre esperando un hijo ejemplar y de la inútil espera de su resignada y abnegada esposa para continuar una (otra) vida diferente juntos. En un momento el matrimonio recibe a unos amigos y los dos hombres sentados uno al lado del otro parecerían mirar a la cámara, o al público si esto fuera una obra de teatro, filmada o no, pero resulta que en el contraplano vemos a las dos mujeres sentadas una al lado de la otra; y esto ocurre en varios pasajes del film. Y digo film porque usted bien sabe que un plano y un contraplano y un fuera de campo -por citar sólo tres recursos específicos y no abundar con más ejemplos- forman parte específica de un lenguaje: el del cine. Y sólo este arte maravilloso puede concebir un final donde mientras por la ventana se ven las siluetas de las fuerzas del orden (esto es: la policía) y al bueno de Gebo incorporándose  para recibirlos, sabiendo que vienen por él porque el dinero de la empresa que estaba a su cargo ha sido robado por su hijo, cuando se abre la puerta irrumpe un haz de luz natural que inunda la habitación. La claridad del día anuncia en realidad el inicio de una noche eterna e inevitable.

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Perceval, el galés. Eric Rohmer. Francia. Formato 35mm. 138min. 1978.

De nuevo en el túnel del tiempo, viendo pasar imágenes frenéticamente -y este es sólo uno de los problemas de este viaje- me detengo ante un plano verdaderamente inusual: la figura de un guerrero medieval -su atuendo lo delata claramente- montado sobre un caballo real sale de un castillo de fantasía, como los de los cuentos ilustrados. He visto  innumerables películas que han intentado retratar el Medioevo occidental -y sí, estimada Geraldine, uno tiene esas debilidades cinéfilas tal vez desde la niñez-  una de las últimas que recuerdo es ese pastiche anacrónico y neo costumbrista Robin Hood, de un tal Ridley Scott, pero este film de un tal Eric Rohmer, adaptación de una novela del siglo XII de un tal Chrétien de Troyes, Perceval, el cuento del grial no parece ser rareza caprichosa o un dudoso ejercicio de teatro cinematográfico o un intento extravagante de encerrar el cine dentro de un escenario teatral. Tal vez ni siquiera sea un film medieval, en el sentido de pretender visualizar parcial o globalmente la equívocamente denominada Edad Oscura. Aunque tal vez en un sentido un tanto más juguetón, podría ser una suerte de coming of age del siglo XI hasta cierta instancia de su metraje y una acabada lección de cómo redireccionar el eje narrativo de un film sin perder de vista ni su forma relacional ni el sentido de su relato y, en su último tramo, la mise en scéne retrofuturista de una crucifixión operacional y verbalmente dirigida por el clero; por supuesto. Y si todo esto puede parecer demasiado o demasiado poco, se respetan los versos octosílabos de la novela en los diálogos de los personajes y en unos fabulosos coros distendidos contra el ilusorio paisaje cantando las aventuras y desventuras de Perceval e introduciendo dentro de una puesta en escena eminentemente artificiosa y artificial aquél elemento catalizador del realismo que el inefable señor André Bazin invocaba para que una película no derivara en un vacuo expresionismo terminando por aniquilar el espacio cinematográfico o en una perfomance actoral, a través del texto, imponiendo una noción de ineludible y omnívora presencia teatral en ese mismo espacio. Porque los castillos y los árboles y la superficie pública y privada, todo lo que rodea a las presencias humanas y a los fantasmas del film pueden ser, ciertamente, un fantástico e imaginativo decorado pero los caballos y las armaduras, el leimotiv material de la caballería, son tan reales como pueden serlo en estos tiempos pretéritos en los que  se piensa que la gentilidad y el honor pueden y deben hacer más llevadera la estancia en ese amplio y venturoso mundo, paradojal y cruelmente cerrado sobre sí mismo. Pero cuando se sepa más o menos todo lo que hay que saber de la Edad Media occidental y que, por supuesto, fue algo más que un complejo  orden feudal estructurado a partir de una trilogía (Iglesia, nobles y campesinos) económico-cultural complementaria y antagónica a la vez, ¿qué ver, qué sentir viendo, en la fascinante extrañeza de este film único y tal vez irrepetible? Quizá tan sólo la hipermodernidad fílmica de una fábula cabalgando por la floresta.

No sé aún cual será mi próximo destino, tal vez intente cruzar ese océano denominado Atlántico plagado, según dicen, de monstruos marinos y bellas sirenas, pero con un cine, según dicen también, clásico y moderno a la vez. O tal vez desembarque en una isla no muy lejos de aquí  donde algunas autorizadas voces me hablaron de un tal Terence Davies como un auténtico auteur barthesiano. O el cine del ya no tan enigmático Oriente; aunque esta noción se asemeja bastante a una farsa o a un cuento infantil  o a una comodidad expositiva o a una confusión intelectual, o todo esto junto a la vez, si miramos un tanto atentamente lo que ocurre a nuestro alrededor, créame. En todo caso espero recibir su respuesta y su relato experiencial acerca del cine o de films o de lo que a usted se le ocurra de este arte tan sobrecogedor como mágico se  encuentre donde se encuentre y luego decidiré.

Su fiel servidor

Fernando Luis Pujato. Caballero de la Orden de Cinéfilo.

PD En uno de los tantos paseos por el bosque, conversando con Perceval acerca del amor gentil, el sentido del deber y ese tipo de cosas tan a la moda por estos tiempos me ha dicho que, después de todo, si pienso a este film como el más moderno filmado hasta el momento acerca de la caballería, debería abandonar este tono medieval un tanto fuera de época ya; sino en las maneras corteses sin fecha de vencimiento  al menos en la escritura. Creo que tiene razón.

|Para leer  la correspondencia completa, pueden descargar el siguiente PDF: Correspondencia completa | Pujato – SK|

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