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La Europa Negra

La Europa Negra[1]

Por Julius Richard

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0. Prólogo de un muerto

Tengo 30 años; eso suena terrible a mis oídos. Cuando el pasado diciembre, invitado por Gerardo Bolado a presentar mi primer libro en el Centro de Secundaria en que imparte clases y donde yo mismo fuera alumno, el ínclito profesor me espetara: ¡Te has adelantado un año a Ortega!, aseveración que yo estaba lejos de comprender entonces y que me pareció un cumplido excesivo, no podría haberme imaginado estar aquí y ahora con vosotros. Pero lo estoy. Tras la presentación de “Elementos enviados” pude contarle a Gerardo que me encontraba, además, trabajando en un proyecto a medio camino entre el cine, la pintura y el pensamiento: la realización de una obscura y experimentosa pieza audiovisual en torno a la figura del pintor José Gutiérrez Solana, para la cual había además recibido una mínima ayuda institucional. Gerardo no tardó en invitarme a esta reunión que nos convoca, como si ambos supiéramos lo que estábamos haciendo. Por descontado que le informé acerca de mi ignorancia supina en términos generales acerca del pensamiento en la Era de Ortega, pero asimismo le pude decir: nihil humania me alienum puto. Y ahí que empezamos a comprendernos. Y desde ese 19 de diciembre hasta hoy, 6 de mayo de 2014, “Locus Solanus”, que así se llama la pieza en cuestión, en explícita paráfrasis de la obra publicada por Raymond Roussel en 1914, ha crecido al albur de estas reflexiones que siguen, en torno a esa Cosa llamada La Generación del 14, no un punto transicional entre noventayochos y veintisietes, sino el corazón obsidiano de la episteme española del siglo XX ya pretérito, que aquí llamaremos, con su permiso y sin un ánimo peyorativo, “El Siglo Negro”.

Pero, me digo, y nunca mejor dicho: ¿Yo qué pinto aquí? No soy un especialista: ni en Solana ni en Ortega, ni en el pensamiento español de ninguna época. Entonces, itero: ¿qué pinto yo aquí y ahora? Y pienso: soy especialista en nada, soy especialista en la nada. Y entonces vuelvo a pensar en la premonición del profesor Bolado: ¡Te has adelantado un año a Ortega!

1914 es, para lo que nos reúne, el año en que José Ortega y Gasset publica sus “Mediatciones sobre el Quijote”, dando carta de fundación a la generación que reúne a un sinfín de intelectuales, artistas y otras luminarias perpetuas y que cruzará en comunidad el blando umbral que separa el siglo XIX, esa pobre cosa tosca, maniática, imprecisa, inteligente y sin remedio periclitada, del sucinto y funesto siglo XX. Estos adjetivos orteguianos los encontramos en el prólogo de 1923 a la obra que define el estado de ánimo de la época continental, y que en este texto indagaremos: La decadencia de Occidente, de Oswald Spengler, nacido en 1880.

2014 es el año en que vivimos. 100 años después, nos encontramos frente a un stimmung particular, propio y propicio, que no puede dejar de recordarnos, a aquellos que representamos esta nueva generación, el de aquella época. Una hipótesis surge automáticamente de los textos y ánimos que consideraremos: el siglo XX, transcurrido entre 1914 y 2001, un siglo breve pero intenso y funesto, ha muerto llevándose consigo un mundo, en una especie de suicidio numantino. Lo mismo que sucediera en 1914, con el estallido de la Primera Guerra Mundial, nos encontramos ahora, en 2014, viviendo en el final de los tiempos, clausurado un moribundo ciclo de duelo cuyo esquema, dividido en cinco fases que siguen el modelo de Catherine Klübber-Ross, es el mismo que seguimos en este textículo ventrílocuo, si se me permite el decir valle-inclanesco. La escatología es nuestro destino.

Viajamos hasta 1914, proyectando y equiparando nuestro ánimo con el de aquellos. Para ello, para componer una cartografía emocional de la época, un mapa del zeitgeist del incipiente siglo XX, viajaremos no sólo en el tiempo hacia los representantes de la Generación famosa y perdida, ese Gabinete Sensacional, sino en el espacio, recogiendo aquel infausto dictum unamuniano: veremos qué inventan ellos, allí en Europa, en aquel preciso momento, en esa época en que sucede precisamente aquello que no podía imaginarse y en la que ha de ocurrir aquello que uno ya no puede imaginar y que, si de uno dependiera, no ocurriría. Esa época, la del fin del mundo, la decadencia y des-humanización, la gran liquidación del valor de la tradición en la herencia cultural, no es sólo la de aquellos que nacieron en la década de los ochenta del siglo XIX sino asimismo la de los que nacimos en la misma década en este periclitado y negro siglo XX. Fue entonces, al percatarme de esa afinidad electiva, que pude entender el llamamiento y la premonición de Gerardo, aceptando la temeridad de participar con ustedes en este encuentro, en el que nada parezco pintar. Yo mismo había nacido, como Ortega, en el año 83, enfrentándome, aquí y ahora, a mis treinta años y al fin del mundo. Y, aquí y ahora, me atrevo a pintar algo, y es con luz negra con lo que pinto, esa luz nuestra, oscura y norteña, paneuropea, de color indefinido de ala de mosca, como la brea con la que Solana ensombrecía sus lienzos. Y me atrevo con una hipótesis: nuestro stimmung, nuestra Untergang, no es el Apocalipsis evangélico-reichiano o comunista-koinónico, una milenarista resolución, sino la Apocatástasis de la que hablara Orígenes de Alejandría, una restitutio in pristinum statum. El siglo XX, un siglo de Guerra Total, dio a su fin con La Obra de Arte Total, y nosotros, los supervivientes, habitamos un universo sin mundo, y estamos abocados a escribir unos Nuevos y Grandes Evangelios de Luz, como diría el cineasta Abel Gance que nos acompañará todo el texto. Sacar a la luz verdades fotófobas. Con lo que sea. Para ello, tenemos las manos del ayer pero nos faltan las del mañana. Son ellas las que escriben: En esta época no esperen ustedes de mí ni una palabra propia. Hace justamente cien años, el 6 de mayo de 1914, Franz Kafka, nacido en 1883, escribía en su Diario: Mis padres parecen haber encontrado una hermosa vivienda para mí y F.; he andado vagando inútilmente durante una hermosa tarde. A ver si también me colocarán en la tumba, después de una vida feliz gracia a sus atenciones.

1. Negación (1914-1939) / Mater dolorosa, 1917 y 1933

¿Es la Guerra la Madre de todas las cosas? Si es así, dolorosa madre, madre doliente. Madre cuyos hijos son lejiones de ánjeles que vienen de lejos, con j escrito, como hace el poeta generacional Juan Ramón Jiménez, o una raza de demonios. A ella le podemos confesar, y sólo a ella, lo que confesaba Gutiérrez Solana, nuestro pintor negro, frente al cadáver de su tío Florencio Cornejo, pensando para sus adentros que esta vida no vale nada y es una puñetera mierda. Sólo esta visión de una estasis insoslayable explica las palabras que Ortega y Gasset escribiera en tiempos de políticas dictadas con dureza por Primo de Rivera, como un Pater doloroso: Bajo toda la vida contemporánea late una injusticia profunda e irritante: el falso supuesto de la igualdad real entre los hombres. Cada paso que damos entre ellos nos muestra tan evidentemente lo contrario que cada paso es un tropezón doloroso.

La del 14 y Ortega es la Generación, claro está, de la Gran Guerra. Esa que estalla el último día de julio, en pleno verano y en pleno rostro: 31 de julio. No tengo tiempo. Hay movilización general. (…) Pero ya escribiré a pesar de todo, indefectiblemente; es mi lucha por la supervivencia. / 2 de agosto. Alemania ha declarado la guerra a Rusia. – Tarde, escuela de natación. Mientras Kafka nada, Robert Musil, soldado en el ejército austriaco, se pasea por el campo de batalla: Guerra. Sobre la cumbre de una montaña. Un valle tan apacible como en una excursión estival. Al otro lado de las barreras de los centinelas se puede pasear como un turista. La Guerra estalla ese verano, coloreando el ánimo de todos, a un lado y otro de los Pirineos, allende las cimas de la neutralidad, el pathos de la distancia o España como lo metafísicamente imposible (en expresión ganivetiana utilizada ha poco por Mariano Rajoy para describir la situación presente del país). Ya en el otoño escribe el autor de “El proceso”: 6 de noviembre. Visión del hormigueo del público ante las trincheras, y yo en ellas. Pero, preguntamos nosotros hoy, representantes también de la Generación del 14: ¿cuándo acabó, si acabó? ¿Acabó? ¿No es la guerra, en términos generales, el carácter thimótico y nemésico de nuestra existencia, el estado de ánimo también de nuestra época actual? ¿No es la paz, como diría Peter Sloterdijk, sólo el estadio de rearme, y vivimos en la Guerra Perpetua? Si es así, estos pensamientos, como los de Franz Marc, pintor vanguardista nacido en 1880, habrían surgido no en el taller de la modernidad, tan evocado, sino sobre la silla de montar y en medio del fragor de la batalla. En ellos, confieso, sólo busco lo mismo que buscara Ludwig Wittgesntein pensando en las trincheras, el trece de septiembre de 1914, el doce de noviembre, el treinta de diciembre: No perderme a mí mismo, y me imagino, como ellos y muchos otros, como un pensador-soldado ante la Puerta de la Solución. No puedo sino escribir en primera persona, aún a riesgo de lanzarme a lo horroroso de lo meramente esquemático, como un mann ohne eigeschaften posmoderno.

El año 14 abre la época de la post-Ilustración o, por mejor decir, de la Ilustración Negra. La luz negra es la metáfora que seleccionamos para definir este talante intelectual, que también podemos llamar, de modo más convencional, anti-tradicionalismo o anti-modernismo. En términos de Marcel Duchamp, el Gran Artista de la Generación nacido en 1887, una anestésica de los viejos modos que es una transvaloración de todos los valores. La guerra: en el campo de batalla, en el arte, en el verbo y en los cuerpos. En 1914, meditando quijotescamente, podríamos decir que el proceso histórico se encuentra en un punto en que el contenido humano de la obra sea tan escaso que casi no se le vea, lo cual es visible en las imágenes de la guerra turística o en el “Cuadrado Negro” de Kazimir Malévich, o, en general, en las obras y acciones de esos jóvenes con los que cabe hacer una de dos cosas: o fusilarlos o esforzarse en comprenderlos. Seguimos a Ortega y la segunda de las opciones, entrando, con los pies por delante y a saco, en la puerilidad europea.

Como Wittgenstein, Musil o Jünger, Gaston Bachelard, nacido un año después de Ortega, en 1884, fue soldado en La Gran Guerra, donde recibió además la Cruz de Honor, mucho antes de escribir la “Poética del espacio” donde podemos leer: El poeta nos ha conducido a una situación límite, hacia un límite que se teme rebasar, entre la vesania y la razón, entre los vivos y una muerta. El menor ruido prepara una catástrofe, los vientos incoherentes preparan el caos de las cosas. Murmullos y estrépitos son contiguos. Se nos enseña la ontología del presentimiento. Se nos tiende en la preaudición. Se nos pide que tomemos conciencia de los más mínimos índices. El poeta, el soldado o el intelectual: el poeta-soldado, que quiere ser otra cosa y tener un corazón que sea un sismógrafo y que, como dijera León Felipe, nacido el mismo año que Bachelard, trabaja hoy también en la sombra, como todos. ¿Qué premoniciones son éstas, qué llamamientos? Mi ánimo aquí es el mismo que frente al oráculo de Delfos o frente a la exclamación de Gerardo: no sé nada. Porque, como Pessoa, desasosegado ser nacido en 1888, soy muchos. Y nosotros tenemos hoy, 6 de mayo de 2014, un presentimiento: la Paz perpetua.

Poco antes del 31 de julio de 1914, Franz Kafka tuvo una de esas premoniciones de índole ontológica, que quedó reflejada en un texto signado en su diario el día 29, dos días antes, y titulado “Progreso”: El director de la Compañía de Seguros “Progreso” estaba siempre extremadamente descontento de sus empleados. Aunque la verdad es que todos los directores están descontentos de sus empleados, porque la diferencia entre empleados y directores es demasiado grande para que puedan compensarla las simples órdenes que da el director y la simple obediencia de los empleados. Únicamente el odio recíproco produce el equilibrio y lo redondea todo. El odio y la guerra, la madre dolorosa de todas las cosas, redondea la existencia de los hombres sin atributos que componen esta comunidad generacional, dando como resultado la odiosa capitulación en la que Bachelard reescribe a Karl Jaspers, nacido el mismo año que Ortega: El mundo es redondo en torno al ser redondo. Redondez que aparece, también de manera premonitoria, en la definición de “Progreso” que nos ofreciera Karl Kraus, en un artículo procedente de “La Antorcha” de 1909: El progreso es un punto fijo y semeja movimiento. Una redondez que puede ser globalizada, como hace el propio Kraus en otro artículo del mismo año, “El descubrimiento del Polo Norte”: Porque lo que llegó al Polo Norte es la estupidez; y la bandera ondeó victoriosa, señalando así que el mundo le pertenece. Sin embargo, los campos helados del espíritu empezaron a crecer y fueron avanzando y expandiéndose hasta que cubrieron toda la tierra. Y morimos los que pensamos.

Idéntica redondez observo, que soy parte de esa nueva generación nacida con las disposiciones necesarias, ante mí: un círculo entre 1914 y 2014, en cuyo centro no hay casi nada, tan sólo una voluntad luminosa, apretujada, retornando a las palabras del prólogo orteguiano, alojada en el último estadio –en la vejez, consunción o decadencia (Untergang). Pero una voluntad que sabe que hay que querer eso o no querer nada.  O, lo que es lo mismo, querer la nada.

2. Ira (1939-1945) / Yo acuso, 1919 y 1938

Yo acuso. Yo soy otro. Yo soy muchos. Yo no soy nadie. Ronca, negra es la voz del hombre con la que yo acuso, aunque sea ininteligible, como leemos en la única anotación de 1914 en los aforismos de Wittgenstein: Cuando oímos a un chino, nos inclinamos a considerar su lenguaje como un balbuceo inarticulado. Pero quien entiende el chino reconocerá allí el lenguaje. Así, con frecuencia, no puedo reconocer al Hombre en el hombre. Aquí se balbucea chino, acusando.

Cita Sloterdijk a Jacques Derrida, en un libro titulado “Ira y tiempo”: La lucha por adueñarse de Jerusalén es hoy la guerra mundial. Ésta tiene lugar en todas partes, ésta es el mundo… Jerusalén es Europa. Europa es el mundo. El mundo es España. Arredondo, como es por todos sabido, es La Capital del Mundo. Allí me dirijo, en pleno invierno epocal, siguiendo el horroroso esquema spengleriano, cada tarde, a mirar y filmar el eclipse estelar, el momento incorporado del Untergang, rumiando los crepusculares versos de Nelly Sachs: ¿Por qué la negra respuesta del odio a tu existencia, Israel? Y medito en torno a la especial coloración del stimmung del 14, del siglo XIX y del XX, a su particular afinación: ¡Oh los colores inhóspitos del cielo de la tarde! ¡Oh la floración del morir en las nubes como el expirar de los recién nacidos! ¿De dónde nosotros los restantes del eclipse estelar? ¿De dónde nosotros con la luz sobre la cabeza cuya sombra nos pinta muerte? Pero, ¿qué luz ésta, qué luz negra, qué luz nuestra como asevera Eduardo Chillida, qué luz que surge obscura de los dedos del pintor madrileño? ¿Una luz que no sufre, de creer a Pedro Salinas, otro de esos poetas generacionales en situación límite? ¿Una luz, una antorcha que ilumine, pues, un país, un continente, un mundo en el que –contrariamente a cuanto ocurría en aquel Imperio de Carlos V-el sol nunca sale?

Negra ilustración la del 14, año de publicación de Bebuquin o los diletantes del milagro, de Carl Einstein, de quien ese mismo año viera la luz su importantísimo “Arte negro”: Necesitamos el diluvio. Hasta ahora se ha usado la razón con el fin de obviar la sutileza de las sensaciones y para reducir y simplificar la percepción. En resumen, la razón empobrece; la razón ha empobrecido a Dios hasta la indiferencia. Matemos la razón. La razón ha dado lugar a la muerte sin forma, en la cual no queda nada que podamos ver. La guerra llevada a cabo con las palabras, esa guerra misma que era uno de los supuestos necesarios para que se llegase a predecir en sus menores rasgos la nueva imagen del mundo, como aseguraba Spengler en el Prólogo a la Primera Edición de su magna obra.

La razón es, quizás, esa torre que se eleva inane en Arredondo, intentando ver el mar al otro lado de la montaña, en un delirante proyecto. Podríamos ofrecer otro resumen de esta nueva Ilustración, una sui generis Teoría Especial de la Relatividad que complementara la de aquel otro Einstein, a saber, Albert, ofrecida por el autor de Yo acuso, en las versiones de 1918 y 1938, el cineasta Abel Gance, nacido en 1889: En resumen las ciencias, las artes, la lógica, la razón, las sociedades, han confundido el camino. Lo infinitamente grande, lo infinitamente pequeño, la relatividad, la tierra, el sol, el átomo… Qué errores gigantescos. La lógica, ese fruto seco de la imaginación humana tantea en un vacío increíble. Se consume descomponiendo el arco iris. Colores, formas, nada, materia, todo existe sólo según el ojo que mira. Salir de sus ojos, salir de su carne, salir del pez, salir del insecto, salir del vegetal, del mineral… y poder evolucionar de nuevo, cambiar, alterar las puestas a punto. En cuanto a nosotros, no atascarnos en lo relativo del hábito. Ni siquiera nos es suficiente ver desde el Olimpo. Que las palabras lleguen a mi auxilio para hacer explotar los pantanos deletéreos de nuestras ilusiones.

¿Cuál es esa nueva luz, esa nueva forma del pensamiento que ponen en liza los componentes de la Generación Continental del 14? He aquí otra hipótesis: esa nueva luz, ese nuevo pensamiento, es el cine. Y en el sentido en que la luz es fuego quebrado, el cine es la música y el quejido de esa luz. La Generación del 14 es La Generación del Cine, nacido como todos ellos en la década de los ochenta del siglo XIX y hecho adulto en 1911, año en que Ricciotto Canudo fundamentara su esquema de las Artes, en el cual, y de manera dialéctica, el cine sería la séptima de ellas, la última, la integradora. En los términos de la escatología procedentes de la teología política que venimos usando, la Apocatástasis. Los definitivos dies irae: Hemos hecho todos los totales de la vida práctica y de la vida sentimental, hemos combinado la Ciencia y el Arte aplicándolas una al otro para captar y fijar los ritmos de la luz. Eso es el cine. El Séptimo Arte concilia de este modo a todos los demás. Vivimos la primera hora de la nueva Danza de las Musas alrededor de la nueva juventud de Apolo. La Ronda de las Luces y de los sonidos en torno de un foco incomparable: nuestra alma moderna.

3. Negociación (1945-1989) / La rueda, 1923

Para cuando aparecen las premoniciones cinematográficas del fantasma del fascismo por venir, con “Cabiria” en 1914, “El nacimiento de una nación” en 1915 o “El gabinete del Doctor Caligari” en 1919, el cinematógrafo ha venido desarrollándose de forma continuada desde los primeros experimentos de Marey y Muybridge, de los hermanos Lumière o Meliès, hasta alcanzar la definitiva legitimación, Canudo mediante, en los Grande Evangelios de la Luz referidos por Gance, quien gustaba de definir el cine como “dinamita”. Este había nacido a finales del XIX casi como una atracción de feria más que como un dispositivo perceptual, antes de convertirse en el principal medio de comunicación y entretenimiento de masas y asimismo en la forma de pensamiento y expresión de esa alma moderna en lo que ya podríamos llamar, de Feuerbach a Debord, pasando por Heidegger, la época de la imagen del mundo. En una nota a pie de página nos dice Walter Benjamin, uno de los adalides de este posicionamiento epistémico de sala obscura y negra luz: El cine es la forma artística que mejor se corresponde con la vida cada vez más peligrosa a la que se enfrenta el hombre de hoy. A lo que podría añadirse: “filosófica” amén artística y “más puñetera mierda” además de peligrosa.

Los grandes nombres del cinematógrafo incipiente vienen al mundo, como no podía ser de otro modo, en los rededores de la década de los ochenta del siglo XIX, desde David W.P. Griffith, nacido en 1875, hasta Murnau, Dreyer o Lang, nacidos en el 88, 89 y 90, respectivamente. En la misma semana de 1889, entre el 16 y el 20 de abril, nacen Charles Chaplin y Adolf Hitler, como una perversa encarnación de la doble posibilidad del fin del mundo mencionada: el Apocalipsis del Reich o la Apocatástasis del humanismo. El triunfo de la voluntad luminosa o Luces negras de la ciudad. La ironía de la historia, o la astucia de la razón, querrán que el dictador actúe como protagonista y el actor se vea obligado a hacer de dictador, en espectáculos bien parecidos aunque diferentes.

Esos jóvenes, a los que era mejor intentar comprender que fusilar, compondrán imágenes en películas o ready-mades, en lugar de tratados filosóficos, en su intento de aprehender el zeitgeist y el stimmung del mundo que des-habitan o des-pueblan: ambos conformarán el mingitorio donde se hará patente nuestro sino escatológico, firmado por R. Mutt o Abel Gance, y conocido generalmente como “las vanguardias”: Los cementerios niegan el mundo todas las tardes. Primer acto: ruinas. Segundo acto: ruinas. Tercer acto: ruinas…, escribirá el segundo tras completar su película “La rueda”, en 1923, el mismo año en que aparecía en España el primer volumen, primer acto, de la obra de Spengler prologada por Ortega.

Tras la ruina, ¿qué nos deparará el Cuarto acto, sino más ruina aún, más escatología?

4. Depresión (1989-2001) / El fin del mundo, 1931 y 1934

Podríamos hacer el intento de llevar a cabo el análisis fenoménico de “las botas de Solana” como hiciera Martin Heidegger con “las botas de Van Gogh”, pero no nos atreveremos. Las del pintor madrileño afincado en Cantabria son un par ajado al final de su deambular por la España negra: ahora que me he librado del tormento de ellas, parece que las aprecio más; están deformadas, y casi no conservan la suela; los tacones enormemente torcidos; han andado mucho. Son, como la razón para un vanguardista, una prótesis ya inutilizable a la que se le tiene un cierto cariño nostálgico o melancólico, según el caso.

El estado de ánimo consecuente con la resaca de las vanguardias, artísticas y políticas, no podía ser otro que el de una depresión sin nombre que pudo después llamarse Guerra Fría, tras el período así denominado de “entreguerras”. Un ánimo similar al de un arquitecto con la ilusión de alzar una torre para divisar el mar que, cuando lleva levantados varias decenas de metros, piedra sobre piedra, se percata de que entre él y el océano se alza una montaña de varios centenares de metros. La cosa queda ahí, como las botas de Solana, más lejos y apoyándose en la pared. Los arquitectos, los pintores, los poetas y los soldados de la época, todos ellos hijos de la ira, alzan una proclama, en boca de Solana: hay que romper con lo superficial y la bagatela; llegar al mismo crimen si fuera necesario. Marinetti subido a un tanque futurista. Breton empuñando una surreal pistola. Lenin escribiendo, de puño y letra, manifiestos Dadá. Hitler y Stalin como obras de arte totales. La puñetera mierda de vida, dice Solana, con esa sonrisa que Gómez de la Serna decía que era una sonrisa de una crudeza y una claridad como la del rayo, una sonrisa que no se parece en nada a esas sonrisas encubiertas, galantes, dulces, blandas, de una ironía mezquina que no merece la vida, más fuerte, más aciaga, más vibrante y más real de lo que parece. La sonrisa de Solana, llena de un resplandor zahiriente y tajante, esclarece con su luz fría y agria las cosas y las acusa como nada. (Se ve ante su resplandor que estamos a oscuras.)

Del crimen considerado como una de las bellas artes o del arte considerado como uno de los bellos crímenes. En esta anestesia de la razón, el ocaso de los ídolos y los dioses, el fin del mundo y el Apocalipsis ya han acontecido. Como supermorientes, la Generación del 14, la generación que produjo las vanguardias históricas, el cine y los –ismos, podría ser considerada la Primera Generación Zombie, aquella que pudo vivir en el mundo después del fin del mundo. No ya viviendo en el final de los tiempos, como diría Slavoj Zizek, sino viviendo en el tiempo del después.

5. Aceptación (2001-2014) / Paraíso perdido, 1940

La quinta fase en el proceso de duelo es aquella en que se acepta definitivamente la muerte y desaparición de lo amado, estableciendo una lógica de la separación y el desapego que haga posible la continuación de la vida. En el “Libro Tibetano de los Muertos”, donde se nos muestra el tránsito mortuorio en ocho estadios diferenciados, el último de ellos corresponde a la  así denominada “realidad”. Aceptando la muerte aceptamos la realidad. Por lo tanto, este último capítulo podría también titularse “Epílogo de un muerto”. Pero digo, como un zombie del 14, como un diletante del milagro: Estoy muerto y puedo respirar.

En semejante situación, como la que nos encontramos ahora la Generación del 14, quizás la décima generación zombie de la situación post-histórica, de esa generación que, como decía Spengler, nace con las condiciones y el sentido histórico necesario: aquí y ahora, un sentido histórico post-mortem, en semejante situación, escribe Sloterdijk, se anuncia la tempestad. Consiguientemente, la política de la impaciencia gana así más terreno, no en último lugar ante actores ambiciosos y fuertemente indignados que opinan que deberían pasar a la ofensiva tan pronto se comprenda que no hay nada que perder por ningún lado. ¿Quién podría negar que la desorbitada calamidad del siglo pasado –mencionamos únicamente el universo de exterminio ruso, alemán y chino- se fundaba en las marchas ideológicas hacia la asunción de la envidia mediante agentes de ira terrenales? ¿Y quién querría ignorar que hoy ya se han formado las nubes que descargarán la tormenta del siglo XXI?

En 1911, cuando Karl Kraus, Franz Kafka o Robert Musil se veían ensombrecidos por premoniciones escatológicas, el primero atestiguaba que con el estado de ánimo aciertan todos; el uno lo ve verde, el otro lo ve amarillo; todo ellos ven colores. El negro, como es sabido, es la suma de todos los colores. Quizá acertemos aquí con la metáfora de la negritud luminosa, cedida por Eduardo Chillida, al señalar la unicidad en la coloración y tonalidad del stimmung de nuestra época, en esta primavera del 2014 que parece reproducir la del 14 pasado y que el propio Kraus ilustraría con su habitual sarcasmo en el artículo de 1909 arriba mencionado, de título “Apocalipsis”, que cierra como sigue: No obstante, una pulsión satánica me tienta a esperar aquí la evolución de las cosas y aguantar hasta que llegue el gran día de la ira y se completen los mil años. Hasta que se suelte al dragón y una voz me llame desde las nubes: “¿Qué, volamos, su señoría?” No eran mil años, sino cien. Ese día ha llegado. Es hoy, 6 de mayo del 2014. Día en que, yo, como representante de la Generación del 14, he leído este textículo sobre nosotros mismos y nuestro negro estado de ánimo, cien años después, año 0 de la Paz perpetua, día de la Apocatástasis.

Los jóvenes Solanas de hoy en día ya no deberían decir aquello de la vida es una puñetera mierda, ni debería ocurrirles lo que a Josef K., que la vergüenza fuera lo único que los sobreviva, sino que, habitantes de la España y la Europa todavía negras, esos jóvenes, fusilados o incomprendidos, deberían poder sobrevivir a la puñetera mierda de vida y a la vergüenza.

[1]Ponencia presentada en el marco de la “La Generación del 14. Cien años después”, mesa redonda celebrada en la UNED el 06 de mayo de 2014. Ver programa en: https://extension.uned.es/actividad/idactividad/7309

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