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Los Hermanos Marx

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Los Hermanos Marx

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Por Antonin Artaud

El primer film de los hermanos Marx que aquí conocimos: Animal Crackers, me pareció, y todo el mundo lo consideró así, algo extraordinario: la liberación por la pantalla de una magia particular que las relaciones habituales entre palabras e imágenes no revelan comúnmente, y si hay un estado característico, un definido grado político del espíritu que puede llamarse surrealismo, Animal Crackers participa plenamente de él.

Es difícil decir en qué consiste esta suerte de magia; es en todo caso algo no específicamente cinematográfico quizá, pero que tampoco pertenece al teatro; y sólo algunos poemas surrealistas logrados, si los hay, podrían servirnos de términos de comparación. La calidad poética de un film como Animal Crackers respondería a la definición del humor, si esta palabra no hubiera perdido hace tiempo su sentido de liberación esencial, de destrucción de toda realidad en el espíritu.

Para comprender la originalidad poderosa, total, definitiva, absoluta (no exagero, trato simplemente de definir, y tanto peor si el entusiasmo me arrastra) de un film como Animal Crackers y por momentos (al menos en la parte final), como Monkey Business, habría que añadir al humor la noción de algo inquietante y trágico, de una fatalidad (ni feliz ni desdichada, pero de difícil formulación) que se deslizaría a sus espaldas como la forma de una enfermedad atroz sobre un perfil de absoluta belleza.

Encontramos otra vez en Monkey Business a los hermanos Marx, cada uno con su propio estilo, confiados y dispuestos a afrontar las circunstancias; pero mientras en Animal Crackers los personajes perdían desde el principio su aspecto particular, aquí asistimos durante los tres cuartos de hora del film a las cabriolas de unos clowns que se divierten y hacen bromas, algunos muy logradas; y sólo hacia el final se complican las cosas, y los objetos, los animales, los sonidos, el amo y sus criados, el huésped y sus invitados, todo se exaspera, enloquece y rebela, ante los comentarios a la vez extasiados y lúcidos de uno de los hermanos Marx, inspirado por el espíritu que ha logrado desatar el fin, y del que parece ser el comentarista estupefacto y pasajero. Nada hay a la vez tan alucinante y terrible como esta especie de caza del hombre, como esta batalla de rivales, como esta persecución en las tinieblas de un establo, en una granja poblada de telarañas, mientras que hombres, mujeres y animales rompen filas y se encuentran en medio de un amontonamiento de objetos heterogéneos que funcionan ya con un movimiento, ya con un ruido.

Cuando en Animal Crackers una mujer se desploma repentinamente, patas arriba en un diván, y muestra por un instante todo cuanto deseábamos ver; cuando un hombre se arroja bruscamente en un salón sobre una mujer, da con ella algunos pasos de baile y luego le azota el trasero al compás de la música, estos acontecimientos son como un ejercicio de libertad intelectual donde el inconsciente de cada uno de los personajes, oprimido por las convenciones y los usos, se venga y nos venga al mismo tiempo. Pero cuando en Monkey Business un hombre perseguido tropieza con una hermosa mujer y baila con ella, poéticamente, en una especie de estudio del encanto y de la gracia de las actitudes, aquí la reivindicación espiritual es doble, y muestra todo cuanto hay de poético y quizá de revolucionario en las bromas de los hermanos Marx.

Pero que la música con que baila la pareja del hombre acosado y la hermosa mujer, sea una música de nostalgia y evasión, una música de liberación, indica suficientemente el aspecto peligroso de todas estas bromas humorísticas, y, asimismo, que el ejercicio del espíritu poético tiende siempre a una especie de anarquía hirviente, una esencial desintegración de lo real por la poesía.

Si los norteamericanos, a cuyo espíritu pertenece este tipo de films, sólo quieren considerarlos humorísticamente, y se atienen en materia de humor a los márgenes fácilmente cómicos de la significación de la palabra, tanto peor para ellos, pero eso no nos impedirá considerar como un himno a la anarquía y a la rebelión total el final de Monkey Busines, ese final que pone el mugido de un ternero al mismo nivel intelectual y le atribuye la misma cualidad de dolor lúcido que el grito de una mujer atemorizada, ese final donde en las tinieblas de un sucio granero dos criados acarician a su gusto las espaldas desnudas de la hija del amo, como iguales al fin del amo desamparado, todo en medio de la ebriedad, intelectual también, de las piruetas de los hermanos Marx. Y el triunfo es aquí la especie de exaltación a la vez visual y sonora que todos esos acontecimientos alcanzan en las tinieblas, en la intensidad de su vibración, y en la inquietud poderosa que el efecto total proyecta al final en el espíritu.

[Texto publicado en El teatro y su doble, capítulo “Dos Notas”, Buenos Aires: Sudamericana, 1964, pp. 143-145]

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