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Trágame que soy frágil…

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TRIBUTES-Pulse. Bill Morrison. EE.UU. 65min. 2011.

Trágame que soy frágil…[1]

por Sebastian Wiedemann

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Hay una imagen inolvidable de “Un Chien Andalou” de Buñuel. El tajo en el ojo. Inolvidable desmantelamiento de un modo perceptivo, para abrir un otro en su reverso. Y que por ejemplo se abre con TRIBUTES-Pulse. Campo perfectivo, donde tras el tajo, el ojo suelta las amarras y deja su impotencia a un lado, para aceptar su costado reprimido, ese que puede tocar, ese que es háptico. Un tajo en el ojo. Un ojo que no le teme a la materia, que abandona la comodidad del espacio euclidiano, para entrarse en el vértigo del espacio cuántico. Aceptar el caos subyacente y la memoria que deslinda los tiempos en cristales.

La fuerza deformante del tiempo, de la memoria hecha celuloide deteriorado, viene a hacer pasar en las imágenes mucho más que restos de la Historia, convoca y trae a la presencia esas fuerzas que en la forma-a-deformación hacen el Movimiento de una vida. Estado meta-estable, donde los devenires, las vecindades y contagios tienen lugar. En ese vértigo, la materia-cine hecha fuerzas liberadas que chocan y se componen, desconoce la armonía entre lo visible y lo audible, pues como un pulso cardiaco, contrae y suelta para que en el -entre- de las dos bandas, en ese desgarro, ese otro modo perspectivo pueda aparecer.

 De las fuerzas animales
Destellos y estructuras fractales en la imagen, como preludio de una repetición y variación incesante que veremos, anteceden una vorágine de búfalos que corren y son tragados por la propia materia en descomposición del celuloide. La fuerza animal, que desconoce el uno y se dice común; se dice manada, envistiendo la degradación química que quiere comerla. Dos frentes: avanzar y gastar, desgastar. Ambas, fuerzas que desconocen origen o/y destino, que simplemente hacen mover. Los búfalos corren, corren juntos, y con ellos nuestro ojo tajado se empieza a desangrar, se empieza a verter en la materia misma. Fuerzas sin nombre, que pronto se confunden y son búfalo-campo-ola degradante. Fuerzas animales, donde el ojo puede entrar en un alud.

 Del desencuentro amoroso
Los cuerpos se componen bien o mal, siendo alegres o tristes, siendo más o menos potentes. No hace falta escucharlos gritar, para sentir lo trágico de su mal encuentro. Los cuerpos, como fuerzas que ya no se componen más, tironean, forcejean como queriendo deshacer un campo afecto muy bien anudado. La ola química, hecha borroneo se hace aliada e intenta apagar esta mala repetición. Sin embargo el sonido, el campo audible, viene a decirnos que es solo en esa tensión donde algo nuevo se podrá mover. El sonido se adentra en sí mismo, se ahoga, y hace de la progresión una penuria. Es solo gastando y desde adentro por donde se puede salir. Entrar más hasta atravesar. Sentir el agobio en el tajo, sentir como el tiempo que dura nos traga, nos hace atravesar la imagen.

 Del fluir y la suspensión
Atravesar la imagen, atravesar literalmente sus capas, sus emulsiones, para llegar al mar. Aguas apacibles, olas sutiles, oleaje de celuloide y de mar que hacen entrar a las mujeres en el flujo acuoso. Todos los estados, los contrae y los contiene la materia. Inmanencia, que se sabe potente y que entra en reposo. Mínimo de velocidad, que engendra en silencio. Las olas degradantes pasan, están, con-viven con las frágiles figuras. Las formas se hacen porosas, sin resistencia dicen y desean ser atravesadas, para abrazar entrañablemente a la materia. Fluir, transitar la meseta sin prisa, dejando que nuestro ojo también se haga poroso y que no solo respire por el tajo. El eco de la agitación aun es perceptible, aunque leve, algo se mueve bajo el agua.

 De la vida que nace y el hábito que la encierra
La membrana se ha roto y como restos de placenta, la ola de emulsión descompuesta, en su degradación nos trae la imagen de un bebe. Un grito del presente que a la vez se ahoga en el pasado que lo hace nacer. Escuchamos este pulso, esta contracción de la materia, que se ha hecho forma indefinida, criatura, cumulo de alud condensado. El oleaje insiste, como queriendo que la arcilla no se solidifique. Golpean las olas, queriendo mantener el flujo, la potencia permeable, mutable. El hábito, el cotidiano con rostro no demora en chocar, su aparecer solo viene a probar que la vida no soporta encierros, falsos encierros. Los cuerpos, las figuras, una vez más son tragadas por la ola, nos toma por la espalda, nos devora, mastica el banal cotidiano y nos vomita en la cara, en el tajo, el caos al que verdaderamente pertenecemos.

 Del viaje. Zarpar, partir
Hace falta partir, para que el ojo deje de supurar. La imagen se forma y se deforma, se compone y se descompone. Mientras que el ojo que rechaza su libertad, se putrefacta. Partir, zarpar, para entrar en el océano deformante, escapar de la supuesta y cómoda armonía. Abrazar el tránsito, de barco, de tren, de zeppelín, de avión. Aceptar la turbulencia del caos, hecho caosmos. El sonido se hace disonante, se hace ruido, se hace silencio, sin forma a priori deja pasar tiempos no pulsados. Retorcijones, pues ya no solo se ve con el ojo, sino que se escucha con el estómago y el pecho apretado. Frágiles, nos dejamos tomar, nos dejamos descomponer, deformar y recibir un nuevo ojo. Desgastados, pero no putrefactos; desgarrados, mas no quebrados; encarnamos la memoria del mundo, que pasa por la materia goteando.

El sonido en el bajo vientre, el tránsito, el ir y venir de los aviones en la imagen y el estado gaseoso que empieza a apoderarse de todo. El ojo abierto y flotante. Hacerse cielo, que las nubes nos traguen.

 De la caída en las nubes
Pulso, la materia se contrae y se dilata, se hace corta, lenta, veloz y molecular. En vértigo y sin miedo, dejarse caer en las nubes. Las olas-emulsión-devorante de tanto moverse, de tanto hervir, al unísono, se afirman como liquido-gas, como flujo que pasa. Los elementos y estados se confunden, se unen, se entra en esa grieta, en el pulso. Entonces se puede ver finalmente el mundo, con ese otro-ojo. Se puede ver el mundo al ser cielo, al ser ya nube. Se ha puesto el ojo en la materia. Ser cielo, devenir viento, para ver desde allí el océano y sentir que ya no se pertenece a la orilla, a la costa. Desconocer el borde, pues se ha entrado en la materia, en el océano que
contiene im-pensados estados. Durar, encarnar el denso peso de la materia, que aliviana y que emerge sin la medida y el corset de la representación.

Repetir y repetir, insistir, gastar para entrar y sumergirse, hasta ahogarse y aprender a respirar ese otro-aire. Abandonar y soltar las amarras, ser resto de resto y ver lo que ha quedado, corroído y oxidado en la orilla. Barcos encallados, por los que se ha transido antes de decir sin miedo, trágame que soy frágil…

Trágame, porque no soporto más la ceguera.
Trágame porque este tajo me tiene que llevar tan lejos como el agujero donde cayó Alicia. Trágame que soy frágil y mi cuerpo hecho ojo puedo mucho más que la miseria de un hábito hecho mirada-fósil.
Trágame que soy frágil y anhelo el vértigo y la catástrofe.

Notas sueltas, bitácora de una experiencia fílmica,
de un extra-tiempo perceptivo y espiritual.

[1] Presentada en el BAFICI 2012, se dirá oficialmente de ella:
TRIBUTES – Pulse is a requiem for the 20th century – the persistence of a pulse, the contractions of the heart. This art movie by American filmmaker Bill Morrison (b. 1965) and Danish composer and percussionist Simon Christensen (b. 1971) explores the theme of “pulse” in both music and film – as a force that runs through life, civilization, and nature.

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