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En un tiempo ya sin tiempo: Cartas sobre Cavalo Dinheiro (I)

A partir de Cavalo Dinheiro (2014), la última película del cineasta portugués Pedro Costa, desde los espacios ]H[ Hambre y La noche del cazador comenzamos una correspondencia afectiva para reflexionar sobre ella. Primera carta:

La sonrisa de Ventura

Por Fernando Luis Pujato

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Cavalo Dinheiro 1

Cavalo Dinheiro. Pedro Costa. Portugal. Formato DCP. 104 min. 2014.

 Otoño 2015

Si tan sólo pudiera no sentir aquél pasado en este presente/Y el futuro saberlo ya ido/Desde este crepúsculo sombrío y placentero/Diría (sin miramientos) que no puedo salir hacia lugar alguno/Sin embargo camino hacia algún lugar fuera de este lugar.

Queridos amigos: me gustaría enviarles buenas noticias, algo del tipo: es muy sencillo contarles de qué trata Cavalo Dinheiro y aún más sencillo ejemplificar esto con algunas secuencias, con algunos planos, y con algunos diálogos más o menos pertinentes respecto a la historia de estos pobres caboverdianos emigrados a Lisboa para trabajar en la construcción y sobrevivir, intentar sobrevivir, miserablemente en miserables barrios y demás etcéteras acerca de la futilidad de sus miserables vidas. Acaso citarles figuras señeras, citarles a Tourneur hasta el hartazgo, sobre todo a Yo caminé con un zombie, también a Ford, sobre todo a cualquiera de Ford, a Mizoguchi, sobre todo a Cuentos de la luna pálida de agosto,  y demás padres fundadores y films memorables -y no me olvido de Chaplin, obviamente. Estos antecedentes explicativos bien podrían ser la esperanza o la comodidad expositiva, o ambas a la vez, de encontrar allí las huellas de algo que se me escapa, irremediablemente, del último film de Pedro Costa; y no sólo del último, por supuesto. Tal vez, también, comenzar con Casa de Lava, allá, en Cabo Verde, un paisaje ensoñadoramente verde punteado por negras rocas volcánicas utilizado para la trata de esclavos por los portugueses y convertido ahora, casi seis siglos después, en una geografía gris y desolada. Porque es desde ese lugar donde Costa lanza, me atrevería a decir programáticamente, una singularísima noción de puesta en escena poniendo énfasis en el plano más que en la relación entre los mismos, y porque es en ese lugar, y en otras ruinas posteriores, esta vez urbanas, donde los personajes de su cine adquieren, imperecederamente, una suerte de inconsistencia material agobiados por una profunda y sutil melancolía. El caso es que no tengo esas buenas noticias, y tal vez ni siquiera algo semejante a una noticia, porque no hay nada por noticiar ni por inventariar ni por diseccionar, porque el propósito de este prólogo es iniciático y no conclusivo, porque no sólo estamos ante un film conmovedor, por decir lo menos, sino también ante el súmmun, quizá inacabado aún, de una filmografía dedicada casi por entero, salvo por ¿Dónde yace tu sonrisa escondida y Ne change rien, a trabajar sobre las cicatrices de un devastador legado colonial, con estos restos del ayer y estas ruinas del hoy y esta nada del mañana, con Cabo Verde-Lisboa-Fontainhas triangulando entre los fragmentos de la memoria de vidas arrojadas a un mundo en el que no parecen tener cabida, de cuerpos deambulando ante los umbrales de la muerte, transitando este y otros mundos sin saber muy bien cómo y tal vez sin saber muy bien dónde ni porqué, pero resistiendo a todo o a casi todo, soñando un lugar e imaginando un ensueño, buscando tozudamente ese imposible horizonte de un nosotros; un cine acerca de las inclemencias de un tortuoso devenir. Entonces, meus amigos, escribo estas líneas un tanto a la deriva, como los personajes de Costa, con la no tan secreta esperanza de abrir este diálogo epistolar a un encuentro amoroso con Cavalo Dinheiro, no ya por fuera de su marcha arrolladora en el circuito festivalero globalizado, pues ya conocemos su caducidad anticipatoria, sino para entrar juntos, sin temores, a este túnel fantasmagórico de un tiempo ya sin tiempo, pues no hay nada majestuoso o inabordable ahí, tan sólo unas encantadoras criaturas habitando las fascinantes formas del cine. Y no quisiera, al menos hoy, dentro de este encantamiento, componer un discurso formal acerca de su apabullante registro formal, sino tan sólo bordear este hechizo con la sonrisa de un nombre. Sin embargo no puedo ofrecerles ni una figura ni una imagen de este nombre, no puedo ni tan siquiera describir este nombre con palabras, convertirlo imaginariamente en un gesto o en una postura o en un rostro. Es el fantasma de un nombre jamás pronunciado, sobrevolando la vida y la muerte de los hijos de Ventura en Juventude en marcha, aunque su voz y su recuerdo están en esa magistral secuencia de Cavalo Dinheiro donde Ventura viaja en un ascensor hacia ningún destino acompañado por un soldado de aquella revolución libertaria de 1974, la revolución donde los soldados colocaron claveles en los cañones de sus tanques y en las bocas de sus fusiles. Viaja, nuestro querido Ventura, consolando la agonía de un combatiente, viaja atrapado en el régimen dictatorial del Estado Novo y el Movimento das Forças Armadas (FMA) y el “abra la puerta en nombre del general António de Spínola”, recordando un viejo o un reciente o un no sabemos cuándo duelo a cuchillo en el monte y los noventa y tres puntos en la cabeza y el Hospital Militar, escuchando voces de Fontainhas y de Damaia y de Gato Negro, con sus hijos y sus nietos y sus hermanos. Viaja construyendo casas y escuelas y edificios para nada, para ya no poder trabajar más, bailando en el Estrella Garden con Toti, João, Lila, Nené y Zezé, entonando con la voz quebrada Alto Cutelo, la canción de Os Turabões: Marido há muito/que foi para Lisboa/ Contratado… parado con su pijama a rayas como rezando una plegaria laica: Contratado… Y en un momento de toda esta vorágine de recuerdos propios y ajenos, ese mágico primer plano del rostro de Ventura sonriendo cuando nombra a Zulmira, una sonrisa de ojos húmedos, triste y ensoñadora, acaso luminosa. La única sonrisa de Ventura desde que lo conocimos en Juventude em marcha; la sonrisa de un tiempo quizá ya marchito. Tal vez sea así, tal vez esta evocación siempre incompleta y siempre dolorosa sólo pueda traer al presente fugaces destellos de lo irremediablemente perdido pero también trae consigo, esta evocación, un conjuro contra el olvido, en esta porfía del permanecer, en esta dignidad nunca perdida. Estemos donde estemos, nha cretcheu, Zulmira. Estés donde estés.

Un abrazo fraterno -desde las riberas del cine.

FLP

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