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Outtakes from the Life of a Happy Man, de Jonas Mekas

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Outtakes from the Life of a Happy Man. Jonas Mekas. EE.UU. 68min. 2012.

Outtakes from the Life of a Happy Man

Por Rául Camargo Bórquez

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Siempre he sentido una especial admiración por aquellos cineastas que han intentado desentrañar su propio oficio, vislumbrando nuevos caminos para el desarrollo del cine a partir de la reflexión compartida, tanto a través de películas como por medio del texto.

“Mi Guión Ideal” de Friedrich Wilhelm Murnau, “El Cinematógrafo como Forma Artística” de Maya Deren, “Poéticas del Cine” de Raúl Ruiz y el film-ensayo “Histoire(s) du Cinéma” de Jean-Luc Godard surgen en mi mente y mi corazón de manera inmediata. Sin embargo, si hay un director que para mi encarna el convertir la reflexión sobre el cine en su propia experiencia vital, es Jonas Mekas.

Mi primer acercamiento a su obra fue absolutamente literario. Y con ello no me refiero a la lectura de sus diarios, sino al Manifiesto del New American Cinema, del que fue su principal articulador. Ese querer films del color de la sangre actúa en mi como el eco de un abismo hasta hoy, y cada vez que lo leo y/o escribo nuevamente, me estremezco.

Así, comencé a ver su filmografía en la medida que las copias de su trabajo fueron apareciendo en mi vida. Mirando hacia atrás, ahora veo que Mekas fue siempre un misterio, o más bien esa alquimia irrepetible que no intentas analizar, un puzzle del cual desconoces la imagen final porque prefieres la felicidad de conectar ciertas piezas, más que lograr el armado completo.

Pero para mi la imagen final de ese puzzle se completó al momento de ver “Outtakes from the Life of a Happy Man”.

Recuérdome una vez sentado en una alta roca frente al mar, viendo a lo lejos, en la línea del horizonte, cómo un barco se desplazaba lentamente cual instante del infinito. El sol golpeaba fuertemente, revelando en contraluz la silueta de un vapor que recorría ese espacio inabarcable. Y recordé un poema de Fernando Pessoa que siempre resonó en mi, y vi cómo aquel poema había sido escrito, en el estado y espacio físico que el poeta lo había escrito.

Habíamos visto la misma imagen.

Y esa sensación, ese sentimiento compartido con un artista del cual te separa un siglo lo volví a vivir de la mano de Mekas, cortando y empalmando fotogramas. Pero fue otra mano, fue otra imagen la que completó en mi su misterio, el misterio de un hombre que desde niño fue llamado Muerte por los otros niños, y cuya adolescencia fue forjada por otros hombres que indefectiblemente murieron tempranamente y de manera trágica, como si el joven Jonas se hubiese transformado en el portador del fin de los días. Sin embargo, no se transformó en ello, sino en el visionario poeta y cineasta capaz de develar la belleza del cotidiano, pasando primero por las miserias más absolutas.

¿Cómo un hombre habituado a los horrores de la guerra y por ende constante espectador de lo más bajo del ser humano, fue capaz de mantener su capacidad de asombro y convertirla en la captura del esplendor de lo frágil y de lo corriente?

“Outtakes from the Life of a Happy Man” me dio una respuesta, y me permitió ver esa imagen que une toda su filmografía, imagen revelada a su vez por el sonido, por su propia voz.

La película fue estrenada en el marco del homenaje que la Serpentine Gallery de Londres le realizó en Diciembre del 2012. No sólo coincidía con la celebración de los 90 años de Mekas, también se conmemoraban 50 años de “Reminiscencias de un Viaje a Lituania”, la que era para mi su obra capital. En ella, Jonas y su inseparable hermano Adolfas (un gran cineasta y teórico que no ha sido lo suficientemente reconocido) vuelven a su hogar en Lituania, luego de 25 años. Ambos debieron huir de su patria por su actividad política anti-nazi durante la Segunda Guerra Mundial, buscando llegar a una Austria que les será imposible, trocando la que sería luego fértil tierra del cine experimental por una odisea desde su captura y posterior confinamiento en campos de trabajo forzado (21 de Julio de 1944), hasta la llegada a una tierra que no habían elegido y que ellos mismos convertirán en la ciudad insigne del cine de vanguardia: Nueva York (29 de Octubre-1949).

Todo este periplo está signado en “Ningún Lugar Adonde Ir”, el libro que contiene los diarios escritos por un veinteañero Mekas, antes de convertirse en el gran cineasta del film-diario. En él se lee desde un anticipo de su arte poética: “Todo lo que veo, leo o escucho , se conecta y traduce en estados de ánimo, fragmentos de los alrededores, colores… Para mi todo es un estado de ánimo, y si no, simplemente nada”, hasta la inesperanza del desplazado: “Caen las hojas del castaño, de un rojo amarronado. Las personas las levantan y las observan con los ojos en la distancia de los recuerdos. Éstos son sus últimos días en Europa. Ellos mismos son como hojas que caen, todos alejándose del árbol de Europa, listos para dispersarse quién sabe donde… Estos también son mis últimos días en Europa. También yo miro las hojas caer”, pasando por la certidumbre ante la incertidumbre: “Prefiero llegar ciegamente al futuro. No quiero llevar sus trastos en este viaje a ciegas. No elegí hacerlo. La generación que me precedió, que me metió en este viaje, no produjo mapas o brújulas confiables. No, no quiero ningún salvavidas. Me sumerjo en las profundidades de lo desconocido. Quienes tengan miedo, tómense de la carcasa de la civilización occidental”.

El leer “Ningún Lugar Adonde Ir” nos revela cómo lo familiar y lo extraño, el nomadismo y el asentamiento, forjaron el espíritu y la mirada de un hombre que nunca olvidó las palabras de su tío: “…Sigan su conciencia, después de ver el mundo, volverán la mirada hacia su pequeño país y verán allí cosas que nunca vieron antes…”. Mekas convertirá cada esquina en un mundo, cada campo en su hogar, hasta adoptar al cine como su país definitivo, tal como explicita hacia el final de su película “Lost, Lost, Lost”.

Así, ya sea en la relectura a posteriori de su vida montando películas a partir de su archivo en celuloide, como en la realización de films en base a su registro del presente inmediato en formato video, Jonas Mekas siempre fue brindándonos pistas sobre su vida y el porvenir del cine.

Y de toda su filmografía, para mi ninguna ha sido más esclarecedora y significativa que “Outtakes from the Life of a Happy Man”. En ella, vemos al director como un poeta y a su vez guardián de un sueño escrito mientras todos duermen, en una sucesión de imágenes evocadoras, cuya realidad a su vez remite a un sueño recordado, o a una realidad soñada. Sin embargo, es el propio Mekas quien señala con una voz milenaria, conmovedora, como si en ella estuviesen contenidos todos los seres humanos, que todo aquello que vemos es real, es real, es real, repitiendo la palabra en una cadencia que se transfigura en mantra.

Mekas corta y empalma fotogramas descartados de su obra, y aparece ante él y nosotros, su vida, sus imágenes, su voz, convirtiéndose en espectador de su propia existencia al revisitarla, y haciendo que nosotros comencemos a hacer lo mismo con nuestras propias vidas, con nuestros propios fragmentos, como si fuésemos tomando un existir capturado en fotogramas para completar la imagen final de nuestro propio puzzle, de nuestros propios seres incompletos. Y he ahí el secreto que nos regala Mekas: desde niño escuchó a su padre contarle historias del día a día, con una intensidad tal que le fue posible reconocer esa belleza del cotidiano, y que en cada acción, en cada detalle, es posible encontrar algo de esa belleza, de esa felicidad. Que está ahí, y que toda su vida no ha sido más que tratar de captar esa belleza y la felicidad de encontrarse en ella.

Con “Outtakes from the Life of a Happy Man” Mekas se convierte en nuestro propio padre, que con sus imágenes y su voz nos ayuda en la búsqueda de esa belleza, regalándonos el volver eterno de aquel instante, aquella imagen en que la felicidad está ahí, junto a nosotros, tendiéndonos su mano.

Un pensamiento en “Outtakes from the Life of a Happy Man, de Jonas Mekas

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