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Por un no-camino a la salvación. Redemption, de Miguel Gomes

Redemption 1

Redemption. Miguel Gomes. Portugal | Francia | Alemania | Italia. DCP. 27min. 2013.

Por un no-camino a la salvación

Por Eduardo Marún

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Comenzar a andar: en el camino…

Es sabido que nuestra relación con un filme no comienza con el plano inicial, sino con su título; y que a veces éste puede ser más o menos sugestivo, más o menos descriptivo o más o menos metafórico. En cualquiera de los tres casos enumerados, parecería ser que el título actúa como un aglutinador de sentido, una especie de núcleo concentrado del objeto de arte. De modo que esas preguntas o hipótesis adelantadas que se nos disparan acerca de lo que iremos a ver tan sólo con el título de un filme, condicionan efectivamente nuestra percepción del mismo. Así, podremos decir que funciona paradigmáticamente (por fuera del filme) resignificando constantemente la recepción de la obra a medida que transcurre y, a su vez, el significado del título en sí.

Miguel Gomes tituló Redemption (Redención) su último trabajo. Definir qué es y qué acarrea una redención se torna a priori —y a posteriori— un objetivo complejo y difuso. Como resultado, las preguntas comienzan a asediarnos antes de enfrentarnos al cortometraje: ¿Es realmente posible un acto de redención?, ¿y cómo se accede a ello? Moviéndonos dentro de un terreno lógico, aquel que busca la redención lo hace porque carga consigo un pasado que se entiende como condenable, ¿pero quién define cuando un pasado es condenable o no? Tal como propone la ética spinozista, conviene evitar caer en mandatos morales universales sobre lo que es el Bien y el Mal; para intentar regirnos por “lo bueno y lo malo”, donde lo malo es aquello que afecta a la composición de un cuerpo otro, su devenir (Deleuze, 2012). Por lo tanto, se desprende que un pasado es condenable cuando un conjunto de acciones de una persona ha propinado y propiciado sufrimiento al prójimo. Pero entonces, creer en la redención implica conceder que alguien pueda librarse de una condena ética. Y aquí la misma pregunta otra vez: ¿es esto posible?

Asumamos por un momento que esto sería posible, que una persona que ultrajó y humilló la humanidad de otros, pueda lograr la redención. La persona que obra produciendo dolor en los demás y no da cuenta de ello como un acto ético reprobable, difícilmente quiera conseguir la redención, puesto que sobreentiende que no ha hecho mal alguno. Por ende, aquella persona que busca la redención, tiene que haber llegado al punto tal de darse cuenta de su monstruoso pasado para luego querer buscar la salvación ética o religiosa. Pero si el sujeto tomó real conciencia de sus pecaminosos actos y quiere exigir y lograr la redención, es decir, si tal carga se tornó cognoscible, ¿habría realmente un sujeto ético que pueda soportarlo?

Siguiendo esta última línea, parecería ser que la redención estaría únicamente a cargo del sujeto. Pero, ¿es el sujeto el que debe buscar y lograr la redención, o alguien debe otorgársela? Esos accionares pecaminosos de los cuales el sujeto quiere librarse no sólo comprometen a un individuo, sino a un colectivo. Pensemos en esas frases tan tristes que suelen escucharse al estilo de “hay que librarse del pasado”, esto no significa otra cosa que otorgar redenciones. Con lo cual, si un sujeto logra la redención, en el mismo acto somos cómplices de habérsela otorgado (aun si se cree que Dios es el que perdona, nuestra creencia es la que sostiene la existencia de tal Dios). Y aquí asoma una pregunta que se torna crucial, ¿qué tanto influye en nuestras vidas y sociedades las redenciones otorgadas?

Miguel Gomes quizás no logre conseguir responder las preguntas hasta aquí evocadas; pero sí logra y pretende lo fundamental: que nos hagamos las preguntas.

Redemption 3

Hubo un momento para sentarse: la llegada…

Una entrada a una sala de cine nunca debería ser ligera; por el contrario, solemos entrar cargados de aquello que acarreamos: nuestras inquietudes y saberes, las preguntas hasta aquí formuladas —u otras—, las expectativas generadas, nuestros deseos de deleitarnos con lo que va a venir, y nuestro afecto y devoción —o no— por el/la director/a de la obra a ver. Decir que una entrada a un cine no es “ligera” equivale a afirmar que no existe la gratuidad del espectador, nuestra confrontación con el objeto artístico parte y depende de cómo ingresemos a la sala. Y esto no es opcional. Aun si se pretende ser acrítico o ilusamente objetivo, esto radica en una postura determinada. Antes de seguir, veamos con qué nos hace confrontar Miguel Gomes.

El corto del director portugués se puede dividir claramente en cuatro secuencias, en las cuales escuchamos a través de una voz en off la lectura de cuatro cartas, por medio de cuatro personas distintas. Y cada una no sólo tiene un interlocutor distinto, sino que, además, esas cartas están “escritas” en cuatro idiomas distintos. Las “lecturas” transcurren a medida que observamos imágenes con una relación indirecta, de semejanza, que parecieran ser evocadas por los mismos relatos. La primera voz pertenece a un niño enfermo hablando en portugués a sus padres, desde algún lugar de África. Una voz que difícilmente no nos inspire ternura y compasión. En la segunda secuencia cambia la voz, ahora es un italiano adulto dispuesto a desafiar a cualquiera que intente manchar su nombre. Un hombre lleno de coraje y convicción en las proezas que relata. Pero que a la vez, demuestra amor sincero a aquellas muchas mujeres que ha amado, y que, en algunos casos, lo han correspondido, como posiblemente la receptora de la carta. Luego estaremos acompañados por una voz francesa, también de un hombre adulto, que dedica unas líneas a su pequeña niña. Un hombre que por el cumplimiento de un deber mayor, un cargo público, resigna ser testigo directo de la riqueza de ser padre: ver crecer a su hija. En la cuarta y última secuencia seremos testigos de una voz proveniente de una joven alemana que nos dice “Hoy es el día más feliz de mi vida”, mientras baja una mujer con su futuro marido por las escaleras. Es una joven que declara a su diario íntimo su felicidad, pero también su tristeza por la pequeñez de su acto en comparación con las cosas realmente importantes para su país. La oscilación permanente que ofrece este relato es el de una mujer que para el mundo externo es socialista; pero que en su mundo interno no deja de sonar Wagner.

La ternura de un niño, la incorruptibilidad y el coraje de un aparente revolucionario, la dedicación extrema de un padre para las labores de un país, y, por último, la conciencia en la grandeza de los actos colectivos por sobre la pequeñez de los actos personales, componen el juego que propone Miguel Gomes: un vaivén constante entre lo público y lo privado. Si bien las cartas son del orden de lo íntimo de cada sujeto, las cuatro tienen una apertura al exterior, estando ligadas a las coyunturas históricas y políticas de cada uno de los países de los escribas (Portugal, Italia, Francia y Alemania). Hasta el momento, si hubiese que sacar una conclusión adelantada, parecería ser que la bondad puertas adentro se trasladara y contagiara hacia el exterior: difícilmente pensemos hasta este punto del visionado del filme, que estamos tratando con sujetos éticamente reprobables. Nuestro bagaje que hemos ingresado a la sala, hasta el momento, no puede entrar en confrontación con lo visto; estos sujetos no necesitarían tal redención, pero insisto, hasta el momento…

Redemption 4

Y entonces el final: la partida o el comienzo de un nuevo camino…

Un fundido en negro, no más imágenes. Una colisión, un choque de frente. Ya no hay dónde sujetarse. Todo lo que recreamos acerca de estos sujetos, aquello que nos imaginamos, se da vuelta y ahora sí nos interpela. Esas recreaciones, esas escuchas, esas imágenes que percibimos se tienen que enfrentar con que esas voces pertenecían a Pedro Passo Coehlo, Silvio Berlusconi, Nicolás Sarkozy y Angela Merkel respectivamente. Habiéndonos socavado el piso, las preguntas vuelven a surgir rápidamente: ¿pueden estos monstruos neoliberales —que por su devoción hacia una danza especulativa del capital que siempre baila para los pudientes, producen miseria y muertes— ser compatibles con lo que observamos, imaginamos y escuchamos? ¿Pueden producir maldad en los prójimos si en sus afectos cercanos son pura bondad? Si esto fuera cierto, que a pesar de su maltrato al prójimo poseen cierta bondad, ¿merecen por esto el perdón y su consecutiva redención?

Aunque parezca contradictorio, la ética puede funcionar en algunos casos como cómplice y legitimadora de actos deleznables. La parte visible, la que consideramos ética, legitima la contraparte oscura. Es lo que Zizek dio a llamar, a través de Freud, la denegación fetichista. Pensemos en los constantes casos de pedofilia dentro de la Iglesia: verlos como casos aislados de patologías individuales salvaguarda éticamente a toda la institución. Pero si los vemos como parte estructural de la Iglesia, una parte intrínseca que es producto de su modus operandi, la denegación fetichista cae. Lo paradójico está en que la ética cristiana reprueba la pedofilia, entonces “están implicados en una contradicción pragmática, puesto que violan las normas éticas que sostiene su propia comunidad discursiva. (…) Es una violación de nuestra proclividad ética espontánea e implica una autonegación y una represión brutales” (Zizek, 2009: 64,65).

Retomemos Redemption y sus personajes en cuestión. ¿Cómo explicarnos tanta bondad vista y escuchada a través de esas cartas? ¿Pueden pertenecer a esos sujetos o es producto de la imaginación de Miguel Gomes? Uno de los aportes de este corto radica en hacernos entender que estos sujetos neoliberales realmente pueden poseer una faceta humana y privada. Aceptar que estos sujetos puedan ser “éticamente correctos” en su vida privada, y a la vez ser productores de sufrimiento y miseria ajena, es decidir no entrar en el juego de la denegación fetichista.

Pero podemos llevar esto aún más lejos. En muchos casos no podremos conocer los interines de la vida privada de los impulsores principales del neoliberalismo —y en cierto punto, poco importa. Es que tampoco podemos adjudicar veracidad a los relatos de Miguel Gomes —claramente la intención del corto no está planteada desde lo verosímil. Pero sí podemos pensar que el capitalismo en su forma actual, se sostiene mediante una gran denegación fetichista: pensar que los encargados de sostener y reproducir el sistema capitalista pueden tener actos nobles, ya sea en su vida privada o pública, y así constituirse en lo que comúnmente entendemos como buenas personas. En resumidas cuentas, es creer que existe la figura del “capitalista bueno”. Cuando su contraparte, la que no se quiere ver o la que se quiere olvidar, nos indica que este sistema necesariamente necesita del dolor ajeno en cantidad para su reproducción. Caer en esta denegación fetichista lleva también a creer, entre otras consecuencias, a que el culto al éxito personal, el consumismo frenético por parte de quienes pueden afrontarlo, la desproporcionada acumulación de bienes no tiene, entre varias cosas más, ninguna conexión con la explotación, el desempleo y el hambre. Que esto último sería producto de una “mala aplicación” de ciertas políticas económicas y no su contraparte estructural. De modo que, siguiendo esta línea, podemos llegar a pensar que los abanderados del neocapitalismo pueden ser sujetos éticos con errores que “cualquier humano puede cometer”, y así, ser dignos de la redención. Pero, “¿debe cualquier ética basarse en semejante gesto de denegación fetichista? ¿Está obligada incluso la ética más universal a trazar una línea divisoria e ignorar cierta parte del sufrimiento? (…) Este olvido implica un gesto de lo que se llama la denegación fetichista: ‘Lo sé, pero no quiero saber lo que sé, así que no sé’. Lo sé, pero rechazo asumir por completo las consecuencias de este conocimiento, de modo que puedo continuar actuando como si no lo supiese” (Zizek, 2009: 70,71).

Tal como afirma Butler, la humanidad es una prerrogativa cambiante. Los propulsores del neoliberalismo tienen la potestad de decidir cuándo ciertas personas son humanas y, como consecuencia directa, también decidir cuándo otras personas pueden ser deshumanizadas. Tan sólo pensemos en las políticas inmigratorias que progresivamente se recrudecen en los países pudientes de Europa y, por supuesto, de Estados Unidos; o en las políticas de ajuste que Angela Merkel impone en el sector más débil de Europa. Pero aquí también podemos ir más lejos. Si pensamos “en lo humano como un valor y una morfología que pueden ser asignados y retirados, agrandados, personificados, degradados y negados, elevados y afirmados” (Butler 2010: 112), podemos también creer que en el mismo acto en donde un sujeto (presidentes neoliberales en este caso) deshumaniza a otros, llevándolos a la miseria y al dolor, pierde él también su humanidad ipso facto. Sería conveniente creer que la humanidad sólo es rasgo distintivo de quienes la respetan. Redimir los actos de dichos sujetos sólo por lo que vemos u oímos no nos hace más “cristianos” o más humanos, sino más cómplices. Redemption se convierte en prueba de ello: todo lo que vimos y oímos, luego del fundido a negro, debería pasar a ser irrelevante.

Resulta claro que en la política el borramiento entre lo privado y lo público tiene siempre carácter de estrategia. La imagen que se quiere vender de un candidato o funcionario, suele comenzar desde su intimidad devenida pública. Y aquí reside la disyuntiva: o creemos que esto —la intimidad de los funcionarios— realmente tiene verdadera implicancia para las políticas de Estado, y que es esto lo que los convierte en sujetos éticos o no; o recreamos nosotros la totalidad de los actos que son propios de tales sujetos, sin quedarnos únicamente con aquello que vemos o escuchamos. A sujetos neoliberales, actos inmorales. El final de Redemption, luego de haber atravesado por las vidas íntimas de sujetos, hasta ese momento, dignos de admiración y respeto, nos sugiere que un propagador del neoliberalismo no puede ser un sujeto ético en su totalidad; que una creencia contraria necesariamente radica en una contradicción y negación.

Inclusive desde una postura atea, como de quien escribe, es mejor dejar que la redención esté a cargo de lo divino. Nosotros, desde lo terrenal, aboguemos por una justicia hacia aquellos neoliberales que atentan contra la integridad de las personas. El choque al que nos somete Miguel Gomes puede dar a pensar que la redención merece ser sólo una cuestión ficcional.

BIBLIOGRAFÍA

– DELEUZE, Gilles (2012) Spinoza: filosofía práctica. Tusquets Editores: Buenos Aires.

– ZIZEK, Slavoj (2009) Sobre la violencia: seis reflexiones marginales. Paidós: Buenos Aires.

– BUTLER, Judith (2010) Marcos de guerra. Las vidas lloradas. Paidós: Buenos Aires.

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